sábado, 6 de mayo de 2017

Me traje un pedazo de playa para ponerlo en la azotea

Es viernes santo y la ciudad es un desierto. Los  motores de vehículos han dejado de escucharse y sólo el canto de los pájaros es tranquila compañía. El día anterior convivimos como ahora en familia y acampamos en el balneario. El trayecto ayer de ida y vuelta fue tranquilo; elementos de vialidad y de protección civil nos guiaron a velocidad permitida hasta la entrada al Maviri. Cada tanto tramo había cuando no una patrulla de vialidad cuando menos un agente de tránsito. Muy buena me pareció la estrategia de marcar la pauta en el trayecto y la vigilancia a cada tramo. Al fin lo que al presidente municipal le conviene es salir con una semana santa blanca, es decir sin accidentes y si los hay que no sean de consecuencias qué lamentar. Allá varios cuerpos de vigilancia cuidaban también que el divertimento se cercara dentro de la tranquilidad y la armonía, pese a ser una gigantesca cantina donde se ve todo tipo de personas caminar en todos sentidos. Al llegar al balneario personal de Obras Públicas del ayuntamiento de Ahome nos regaló varias bolsas de plástico para depositar la basura. Policía Federal, municipales y elementos de Marina se hicieron presentes. Todo transcurrió dentro de los cauces normales. La casa de campaña, el bracero y las sillas frente al mar. La familia, que se partió en un principio por el desacuerdo en el lugar tomado pero a final de cuentas estábamos ahí, contemplando  el mar.
Llegamos a eso de las dos de la tarde. Fue una tarde tranquila y apacible, con el normal ronroneo de los motores, la algarabía musical por todos lados y el vaivén de carros, motos en tierra firme y las lanchas y motoskie en el mar. Todo era normal dentro de lo que cabe, transcurrió lo que restaba de día en aparente calma. Mi nieto Tavito inquieto como de costumbre no encuentra que hacer, hasta que finalmente encuentra un palo “para cazar cangrejos”, mientras que Diana mi hija y su novio Miguel platican sentados en la arena bajo los candentes rayos del sol, y Gilberto, mi hijo y su novia Elena paseaban por la playa.
 Todo transcurría normal hasta ahí, pero el drama fue en la noche, a la hora de dormir; pensamos dormir tranquilos por los botes de Tecate laigt que nos tomamos y nos fuimos a dormir después de varias horas de plática y una rica capirotada que por primera vez mi esposa María Esther elaboró para estas fechas. Sin embargo, no resultó el descanso y el relajamiento como lo habíamos planeado, pues a eso de las dos de la mañana llegaron un grupo de jóvenes en un carro con la música a todo volumen. Escuchar corridos de narcos estaba destinado para nosotros esa noche sin poder dormir, e inevitablemente optamos por escuchar las canciones y las pláticas de otro grupo de jóvenes que cantaban con guitarra al lado opuesto. A esta hora ya la vigilancia no existía y nuestro sueño se encontraba a expensas de los muchachos que no se cansaron de beber y reír toda la noche, además de los escandalosos gritos que no dejaban de escucharse provenientes de los ruidosos jovenzuelos. Más temprano antes que despertara el sol escuchamos un carro que se dirigía por la playa, nos asomamos mi esposa y yo por la ventanita de la casa de campaña y vimos que el vehículo envió con el parpadear de su torreta o sus fanales una seña que no supimos a quién, pero al instante sentimos que los muchachos ruidosos se fueron del lugar. Así, a eso de las cuatro o cinco de la mañana quedamos por fin dormidos.
Temprano me levanté a poner carbón al bracero para calentar el café que previamente llevábamos preparado. Así es que llevaría a cuestas el insomnio todo el día a menos que mi cuerpo sucumbiera ante el cansancio del desvelo. Pasó la mañana y la tarde un día soleado y caluroso
El vendedor de mangos, los vendedores
Así, por la tarde, a punto de sueño fascinado por los precisos cortes en los mangos, y ver hipnotizado cómo transitaba su cuchillo por el cuerpo delicioso de la fruta, siguiendo los certeros movimientos de su mano que terminaban  en  la mano ansiosa del comprador con una hermosa flor amarillenta y dulce, mientras con la otra pagaba su compra. Los levanta botes,  gente que trabaja recogiendo los botes de aluminio tirados a la arena por los tomadores de cerveza, la señora de las “viejas”, chicharones de cerdo les llaman en otras partes, los helados, el vendedor de semillas; cacahuates, pepitas de calabaza, de todo tipo de vendedores había en la viña del señor de la playa y de todas partes, del sol y las estrellas, pero, más tarde al ponerse el astro rey, vendría un vendedor del que no distinguía sino su silueta y quien sin más se acercó con la mano extendida y me pregunta con aplomo:  -¿quiere un cubo de plantamar?
-¿Qué es eso? –respondí inquieto al sorpresivo visitante.
-Es un pedazo de playa comprimido -me soltó de sopetón.        
¿Cómo?... cómo que un pedazo de playa? –respondí sorprendido e incrédulo…
-Sí, ya ve que todo ahora está muy adelantado… sé que es increíble pero también son increíbles muchas cosas que ni nos imaginamos que existen.  Ahora con la manipulación genética sabía usted que ya puede comprar un hígado, un pulmón u otro órgano que tenga enfermo? –arremetió.
-Mm, sí, algo sé de eso… pero de eso a que pueda comprimirse un pedazo de playa?... no juegue –le espeté en tono molesto.
El tipo, o la sombra aquella que hablaba ya a la luz de la luna, se quedó un momento en silencio.
-Mire es sencillo, -dijo luego, tan sencillo como la bipartición y reproducción celular; ya habrá escuchado de ello, en este caso  es igual, son moléculas que se reproducen y la ciencia ha desarrollado esta capacidad; se comprimen en cubos como estos-, dijo mostrándome en efecto un cubito de unos cinco centímetros medio transparente de color  azul y plomizo. Quiere que le haga una prueba? – insistió.
Ahora fui yo quien quedó en un espacio de silencio. Y es que hoy en día todo se puede esperar. Pero a mí no me iba a ver la cara cualquier vendedor y timadores hay muchos que se aprovechan de la inocencia e ignorancia de la gente para sacar provecho. En fin, estamos en el mundo pensé.
-A ver –contesté todavía desconfiado pero atento.
El hombre, o la silueta de aquél hombre -era lo que veía pues aún no prendíamos la fogata-,  se dio cuenta que me estaba persuadiendo, pero me resistía a dejarme convencer tan fácilmente, aunque sus argumentos fueran lógicos y enterado del desarrollo tecnológico y científico cabía la posibilidad de que en verdad tuviera él en sus manos un pedazo de playa atrapado en ese cubo.
-Mire –continuó-, deje que le haga esta prueba, aquí son solamente quince centímetros cuadrados ya descomprimidos, páseme es platón –dijo, señalando la mesita en donde teníamos los cubiertos sartenes y la olla para calentar el café, entre otros utensilios de cocina y me explicó:
-Dependiendo de qué lado quiera la arena al sur al norte oriente o poniente, ubica el cubo donde quiera poner su pedazo de playa. Solamente hay que echar encima tres gotas del líquido que contiene este gotero –me mostró sosteniéndolo en su mano. Yo solamente le echaré una, porque nada más es una prueba.
Enseguida colocó el cubo con el lado de color plomizo hacia mí y el lado opuesto quedó el color azul. Lo situó en el plato y le dejó caer una gota del líquido. De inmediato se empezó a derretir el cubo y en efecto en unos instantes de un lado lo que parecía agua y del otro arena llenaron el utensilio de cocina. –Lo ve usted? –me preguntó sin levantar la cabeza.
-Sí, lo veo y no lo creo –contesté muy sorprendido. Está bien, cuánto cuesta ya un poco convencido -me animé a preguntar.
Esta es una prueba solamente, este otro que traigo acá es para 20 metros cuadrados de playa, este otro para 100 y así, cada uno es distinto en su tamaño –¿de qué tamaño la quiere?
-¿La podría poner en la azotea? –volví a inquirir.
-Por supuesto, ¿cuánto mide su azotea? -contestó enfático.
-Aproximadamente 20 metros cuadrados – respondí.
-Este es para esa medida –extendió su brazo pretendiendo darme el cubo.
-No, pero dígame cuánto cuesta –le dije inseguro-, pues no traía mucho dinero y un beneficio de esa naturaleza seguro no estaba a mi alcance –consideré.
-Solamente 500 pesos, es precio de introducción –dijo aquella silueta.
-Mm, no creo traer tanto –le contesté mientras sacaba mi billetera del bolsillo y en efecto, solamente me acompañaban 200 pesos.
-Démelos –dijo sin miramientos.
-¿Cómo? –pregunté sorprendido.
-No importa –señaló, démelos.
Saqué dudoso los 200 pesos de mi billetera y se los di, al momento me extendió el cubo y lo puso en mi mano. Después metió la mano a la bolsa que traía colgada del hombro y me dio el gotero.
Luego aquella sombra se retiró de mi lado y en ese preciso instante María Esther se acercó a mi preguntando -¿Con quién hablabas?
-Con nadie, es sólo un borracho -lancé encubridor.
-Yo no vi a nadie –me dijo.
-No, no era nadie, estaba hablando solo –dije un poco inseguro.
-Mm, -fue solamente su respuesta.
Ya por la mañana, desayunamos en la playa para posteriormente disponernos a partir, y sin contarle nada a nadie de mis planes, nos venimos a la ciudad, tranquilos, escuchando música y comentando ellos sobre los muchachos escandalosos que no nos dejaron dormir bien, y yo recordando a Octavio Paz y René Cabrera.
Al fin en casa, en la ciudad, escuchando el trino de los pájaros y bajo el deleite silencioso de la ciudad desierta, disfrutando de nuevo el mar mojándonos los pies y nuestros cuerpos tirados sobre la arena.
 Gilberto Vega Zayas


jueves, 5 de septiembre de 2013

Retosachi

 

Allá,

En lo alto,

Donde las nubes más densas van dejando estelas de besos sobre las montañas,

Donde corre jugando un viento helado que penetra,

que aprisiona tallos de cristal,donde brazos y copas inermes sólo esperan con paciencia,

y un silencio de gritos apagados va tejiendo su sonido interno;

su callado silencio transita por la tierra dura,

por cañones profundos donde el eco de las voces resuena en las grutas,

que como heridas abiertas derraman la añoranza del pasado. 

Ahí, 

Retosachi.

Piedra blanca montaña

De cuya cima llueven las notas de un piano donde se posa la esperanza hundida por el sable y la promesa.

Y un lamento ancestral se confunde con la música y el viento,

Y las gotas cantarinas van cayendo

Cayendo,

Cayendo,

Una a una y se propagan como hojas secas por barrancos y cañadas.

Como fieles testigos del Gran Espíritu que en sublime y callada belleza va perdiendo su altivez, su cordura.

Y sus valles con pulmones extirpados lentamente muriendo. 

Retosachi

Cima del mundo Rarámuri donde se acaricia a la luna y un canto de estrellas se une en comunión perfecta con manos que danzan sobre el teclado,

Donde se asume la negada palabra mas da origen ahí mismo al Verbo Creador,

Al Verbo que sueña la Gran Obra y el letárgico sueño no despierta aún en su imagen;

En su infinito resplandor interno que emerge de las sombras del pasado.

Y el silencio queda.

Queda tal vez como paraíso deseado, añorando con nostálgica belleza el sumido sopor de las imágenes, 

del tiempo, 

de rostros y paisajes remotos y fijos que están ahí,

Plasmados,

Quietos,

 inamovibles.

Sintiéndose,

Viviéndolos aquí en este pequeño espacio…

Para siempre.



Gilberto Vega Zayas
Revista Amanecer núm 12
Año 2000

martes, 13 de noviembre de 2012

Yo vi cuando mataron a Bachomo


Fue un día de San Antonio de 1916. Yo bien me acuerdo porque estaba allí, muy cerquita de él cuando lo mataron. Le cosieron el cuerpo a balazos con la muina con que se mata a una víbora. Y me acuerdo muy bien porque me traje a mi compadre desde Mochicahui para ver la muerte de Felipe. A Bachomo no todos lo querían, porque ya había causado muchos destrozos. Por eso los Yoris lo mataron, porque ya no lo aguantaban. El tata decía que el indio era una llamita. Eran como las dos de la tarde cuando llegó el tren de San Blas. El sol no estaba y la cara del cielo estaba muy triste, como queriendo llorar. Era ese tiempo en que los vientos del norte se dejan venir entre los cañaverales, trayéndose el olor a caña. Cuando el olor del viento sabe un poco a miel y otro poco a tierra mojada, y los chanates llegan en parvadas a comerse los maizales. Ese día íbamos corre y corre como locos detrás del tren que trajeron los gringos. Primero lo fuimos a encontrar en cuanto divisamos el chorro de humo que se asomaba a lo lejos, detrás de los mezquites. Y a como venía llegando, la línea de humo se hacía más grande, y se iba pegando con el manto gris que cubría el cielo. Volvimos al lugar donde lo fusilaron, con el resuello tan gordo como el de una vaca pariendo. Algunos de los que estuvimos allí no queríamos que lo mataran, por aquello de devolvernos las tierras. Y también porque se dio a querer entre nosotros. Pero del otro lado estaba el gobierno que lo andaba buscando, por eso de tantas muertes que había causado. Cuando Felipe pasaba por San Miguel, lo saludaban con el sombrero en la mano. Y no se diga en Camayeca, o en Charay quera su tierra. Por allí todos lo respetaban. Pero en otros pueblos le tenían miedo, por el matadero que hicimos en Ahome. Ese día que lo mataron me entró un calambre que me aflojó las corvas. Perdí el valor porque varias veces me dijeron que yo era de su banda. Pero les dije: no lo conozco. Al bajarlo del tren, traía su cara tan serena como una mula. No rezongó. Pero él se lo buscó de ese tamaño. Porque sigo pensando que hizo mal en entregarse. Alguien le dijo antes: “no te entregues Felipe, te van a traicionar”. Pero era tan terco el indio. Se le metía una cosa en la cabeza y no había quien se la sacara de’ahi. Así fue siempre. Yo lo conocí de cerca desde escuincles. Desde que andaba bichi entre los animales, talega a rais, todo mocoso. Creciendo entre cardones y nopales, y entre piedras grandes y corrientes de agua. Al juntar los primeros hombres para pelear por la tierra, vinieron a buscarlo para que se uniera a la revuelta. Y después cuando mataron al Presidente, que se dividieron los bandos, también lo buscaron. Me acuerdo que en ese entonces le dijo el tata: “como esperanza es lo único que tenemos, sigue peleando por lo tuyo, que al cabo ya poco nos queda”. Y nosotros ya habíamos perdido todo en la bola, todo. Chimames y gallinas, y hasta el trabajo en la labor. Y todo por andar de revoltosos. Ya nos habían quitado la tierra desde antes. Eso nos contó el tata. Y andábamos de aquí pa’ un lado y parotro, matando gente. Quesque para recuperar las tierras que mucho antes nos habían quitado. Y nunca recuperamos nada. Pero “el Misi” era terco como una mula, y siguió matando gente. Aunque no nomás por matarla. Una vez ordenó afusilar a uno de los nuestros que había matado a un yori por puro gusto. Y eso le dio mucho respeto. Ni siquiera pensaba alguien darle una contra. Al terminar la revuelta muchos de nosotros no encontramos pa donde tirar. Yo por lo menos perdí mi casa en Mochicahui, mis animalitos y mi familia desaparecieron. Nunca los volví a ver. Sólo encontré los pedazos de pitahayas de lo que fue mi jacal. Y así como yo el Atilano y otros más que andábamos en armas. Al que le fue pior fue a mi compadre Jacinto, a quien me traje de Mochicahui pa que viera la muerte de Felipe. Ya no quiso hablar cuando supo que la comadre se había ido con un yori. Él no perdió su casa, y sus animalitos todavía estaban allí cuando llegó, pero luego que enteró de lo de su mujer, dicen que salió corriendo como loco perdiéndose entre el monte. Pero no perdió sus pertenencias. A mí me dio mucho coraje. Me acuerdo esa vez que lo encontré agazapado entre los quelites. Era ya de tardecita y el sol estaba ya queriéndose acostar. Tenía tres días de andar buscando a mi compadre, y como supe después, eran los mismos que él había pasado allí metido entre los matorrales. Por pura sospecha me encaminé en dirección donde unos zopilotes dibujan ruedas en el cielo. En tres días estaba medio muerto, y en cuanto lo encontré le dije: –Mira compadre, si te sigues amuinando te vas a quedar loco. Esto ya no tiene remedio. Vamos con mi hermana Eduviges a ver qué comemos. Pero mi compadre estaba ido; hagan de cuenta que le hablaba a una piedra. Se veía como si trajera el corazón engarrotado de tanta pena. Estuve dísele y dísele que nos fuéramos a platicar del asunto, pero siguió de necio. Sin moverse, sentado en una piedra boluda. Me paré allí, frente a él. Mirándolo y hablándole. Pero no me escuchó. O no supe si me oía y se hacia el desentendido, pero me di cuenta que no podía ni caminar. Como que estaba envenenado por algún piquete de animal ponzoñoso. Y a mi me venía la muina cada rato más fuerte. Y me brincaban en la cabeza los pensamientos de que sus animales y su jacal estaban todavía allí. “Y pa qué le sirven a éste”, pensé yo, si está bien ido. Y como la ponzoña mata en cuanto tienta al corazón, era de seguro que ya no le quedaba mucho tiempo a mi compadre pa’ acabar de morirse. Pero no. Le seguí hablando largo rato y todavía le quedaba un poco de brillo a sus ojos. “Esto va pa largo”, dije, y seguí cavilando a ver qué se me ocurría. Fue después de tanto estar allí que se me vino a la cabeza lo del fusilamiento de Felipe, y el remedio más pronto para el mal que traía Jacinto. –Pa que ya no sigas sufriendo compadre, te voy a llevar por el camino pa’ que se disipe de una buena vez el veneno que traes en el cuerpo. Yo cuidaré de tus animalitos y de tu casa, por eso no te preocupes. Y no creo que dure mucho fuera la comadre al saber que ya te llevó la pelona. Ya vendrá a reclamar lo suyo. De allí me lo fui trayendo en hombros a Mochis pa’ ver la muerte de Felipe; y pa’ que se diera cuenta de que ya no le quedaba nadie por quién mirar. Nos venimos platicando toda la noche y todo el camino. Aunque mi compadre no hablaba, nomás me oía. Yo sigo pensando que sí me oía. Porque a veces como que quería pujar. Sentía su barriga en mi hombro, que brincaba de repente. La luz de la luna nos pegaba de lado. Nuestros cuerpos parecían uno en la sombra que se dibujaba en la tierra. Y engordaba y enflacaba, como un fantasma que se escurría entre las piedras. El olor de las pitahayas y las tunas se metía fresco y salía caliente por los hoyos de la nariz. Todo el camino venía topándome con sombras en la tierra. Con sus brazos levantados, como si me estuvieran reclamando algo. Pero yo me hacía el desentendido y le hablaba más fuerte a mi compadre. Pa’ que se dieran cuenta que allí íbamos dos, y no uno. –Ya casi llegamos compadre, la figura del cerro ya está más cerca del cielo, al otro lado está Mochis, y de mi comadre ya olvídate. Ya me lo afiguraba yo que algo de eso iba a pasar. Ya había visto yo moviendo sus ancas a la mula. No vayas a enojarte compadre: –¿Te acuerdas aquella vez que según tú viste a Espiridión salir corriendo por atrás de tu jacal? En ese tiempo se decía que el nagual rondaba en las noches por el pueblo. Por cierto que no lo creíste, y le distes unos chingadazos a tu mujer pa’ que te dijera la verdad. No pudiste siquiera sacarle una palabra. Y qué bueno, que bueno, porque no era Espiridión compadre, te lo confieso: era yo. Es que mi comadre me miraba con aquella lumbre que hasta a mí me fue quemando. No sé porqué la descuidaste tanto. Ella me dijo una de esas tantas noches que andabas por la sierra, que después de la muerte del ahijado ya no volviste a ser el mismo con ella. Que te habías hecho como piedra. Que ya ni le hacías caso con eso de andar en la revuelta. Yo no sé si esa fue la causa, pero sí te digo que ella no perdía tiempo en encontrar el agua que apagara toda esa pinche lumbre que traía en el cuerpo saliéndole por los ojos. No sé cómo no te diste cuenta de eso. También yo te notaba muy pa’ la chingada desde la muerte de mi ahijado. No te voy a contar cómo empezó todo, porque yo sé que todavía sientes feo por dentro. Pero es mejor que te acabes de enterrar en ese hoyo en el que te metiste. O no sé si te metiste tú o te metió en él la Candelaria, mi comadre pues, a la que ahora traigo ganas de torcerle el pescuezo por lo que te hizo. Mira que dejarte por un yori. Lo bueno que el ahijado se murió antes, si no el pobrecito sólo Dios sabe lo que hubiera sido de’l. Y te digo esto para que veas que la palomita no era tan pura como se creía. Te lo digo pa’ que te olvides della. ¿Te acuerdas compadre qué malo era pa comer el Chema? Aunque esa panzota que tenía como vejiga de cochi yo no sé con qué se le llenaba. Recién muerto, el dotorcito dijo: “a éste se lo comieron las lombrices”. Y yo creo que tenía razón, porque esos animales son canijos. Se lo van comiendo a uno poco a poco, y se esconden en lo más bajo de la panza. Si no acuérdate cómo al pobre de mi ahijado le ponías los dedos entre las costillas. Acuérdate cómo se las contabas; una, dos tres, cuatro. Me acuerdo bien que le contabas los huesos, uno por uno. Por eso te digo que el dotorcito tenía razón cuando se murió el Chema, al echarle la culpa a los animales que se lo fueron comiendo por dentro. En la madrugada el sol iba saliendo como teñido en sangre. Y todo el amanecer pasé subiendo y bajando a mi compadre del lomo. Caminaba un trecho, y lo bajaba; descansaba un rato, y lo subía. Y es que mi compadre aunque chiquito y flaco, cansaba. Yo estaba acostumbrado a llevar leña pa' Mochis cuando todavía no me hacía de yegua alguna, perora la carga erotra: esta carga se tenía que morir en el camino. Y pensaba que yo no podía matar a Jacinto porque era mi compadre. Ha de ser duro el castigo cuando se mata a un compadre. Ahí la ponzoña se haría cargo dél. O cuando más tarde, al ver la muerte de Felipe. Esa era mi esperanza. Como decía, me lo traje toda la noche en un lado y en el otro. Y venía tan suelto como gallina pa mercar, dándome de topes con su cabeza en la rabadilla. Y era cuando le decía: “no te pongas tan lacio compadre, que tienes la cabeza muy dura”. Y tan dura la tenía que no salió de lo ensimismado que venía. Todo el camino le vine hablando a ver si acaso me contestaba y acabar ahi de una vez el asunto. Pero qué bueno que no lo hizo. Porque a lo mejor hubiera podido alguien seguir nuestros pasos. O más bien los míos, porque mi compadre no tenía pasos. Yo los tenía por él. Así es que daba mis pasos, y los de mi compadre a la vez. Los de mi compadre, y los míos; los dos a la vez. Cuando llegamos a Mochis el sol ya se veía bien despierto. Me acuerdo bien que empezaba a sentir caliente una parte de mi cara cuando una nube se dejó venir por el lado de Topolobampo. Crucé parte del pueblo casi arrastrando a mi compadre, pero cuando la gente empezó a mirarnos lo volvía a cargar. A veces lo sentaba y me sentaba junto con él en alguna piedra, agarrándolo por el hombro. Pero tuve que seguir con él al hombro todavía parte de la mañana. Y cuando alguien me miraba con desconfianza, le decía: “es mi compadre; viene borracho”. Al llegar a la vía del tren allí donde fusilarían a Bachomo, recargué a Jacinto en un tabachín. Sentados bajo el árbol esperamos a que trajeran al indio. Cuando recién llegamos no había nadie allí. La gente se fue arremolinando poco a poco pa’ ver la muerte de cerca. Los que estábamos del lado de Felipe éramos pocos esta vez. Y digo que éramos pocos porque el indio llego a juntar hasta seis mil cabezas. Eso oí decir. Yo no los contaba pero cuando me tocaba verlos desde los cerros los miraba como una fila bien grande de hormiguitas. Se pegaban de una loma alotra. Entonces daba gusto ver tantos cabrones entrándole a los plomazos. Ver cómo nos habíamos levantado como parvada de chanates espantados de la siembra, para llenar de terror las haciendas y sus alrededores. Por cierto todavía no entiendo porqué las tierras del gringo no las pisábamos de primero. Aunque la segunda vez que volvimos a las armas se perdió el respeto por el gringo, y también nos llevamos a su gente entre las patas. En ese entonces todavía estaba el tata con nosotros. Y también le teníamos mucho respeto. Porque el tata era de buenos pensamientos. Y con sus cosas que traía en la cabeza nos fue haciendo una esperanza en la cabeza de nosotros. La muerte de Bachomo para unos fue día de fiesta. Iban y venían alegres esperando a los federales que darían muerte al indio. Para nosotros no. Para nosotros se acabababan los pensamientos del tata, que traíamos adentro como llamarada y que poco a poco se nos fue apagando. Me acuerdo quen cuanto oimos el pito del tren, y vimos la nube de humo que venía subiendo al cielo, todos corrimos a encontrarlo. A mi compadre lo dejé recargado al tabachín, todavía metido en su cabeza con los recuerdos de la comadre y el ahijado. O más bien en ese rato no supe si todavía estaba allí metido, o de plano ya se había ido. Pero allí lo dejé yo, pensando que ya no se levantaría. La cara de Felipe se veía fresca, cuando lo bajaron del tren para matarlo. Tan fresca, como que ya se estaba muriendo. Lo afusilaron junto al tren que trajeron los gringos... Y allí acabaron las dos esperanzas. Allí terminaron, junto a las máquinas de los gringos. Recibió mención honorífica en el Primer Concurso Estatal de Cuento del Colegio de Bachilleres en Homenaje a Juan Rulfo en 1996 y publicado en el libro “De ánimas héroes y bandidos” editado por esa institución.